En un suplemento dominical, hace ya un tiempo, se publicó una entrevista a este arquitecto de reconocida fama mundial, de valor innegable.
En este caso la conversación giraba entorno a un gran proyecto que le había encargado el Banco de Santander ... , pero la dimensión del proyecto es indiferente a la posición del arquitecto.
En sus respuestas se puede entrever la gestión interior del arquitecto. Saber comprender, cambiar, ceder, hacer entender, hasta llegar a la obra de arquitectura que satisface las necesidades, también espirituales, de las personas que han de vivirla.
Del tema inicial pasa a esas cuestiones de fondo. Como la entrevista tiene cierta extensión, he seleccionado aquellos párrafos que tienen un contenido aplicable a cualquier proyecto.
(con la licencia y admiración hacia el entrevistado y el entrevistador)
XL ¿Cuál fue la
razón de estos cambios? ¿Qué era lo que más le preocupaba del primer proyecto
presentado?
RP. No, no es que me molestara algo. Tiene que ver con la
evolución natural del trabajo.
Un proyecto es como un descubrimiento, se
empieza con algunas ideas claras que permanecerán igual, ....
Hablé con la gente, la escuché; a algunos no les
gustaba nada y a otros les encantaba… Y esas observaciones nos llevaron a
pensar, .....
Pero para mí es un proceso natural, y creo que es algo leal
con la comunidad y con la gente.
[…]
XL. Usted empezó su carrera con Richard Rogers con la construcción del Centro Pompidou de París, toda una declaración de principios.
R.P. Éramos ‘chicos malos’ y, precisamente, queríamos
rebelarnos contra los museos y los centros de arte que intimidaban a la gente.
Por eso hicimos una plaza accesible y abierta, y el edificio de alguna forma se
convirtió en una máquina, pero en una máquina para hacer feliz a la gente.
Este
proyecto en Santander cuenta la misma historia: quiere acoger, dar la
bienvenida, construir un lugar accesible, crear curiosidad.
Tiene que ver con
mezclar lo sagrado y lo profano, el arte y la vida. Me gustaría que la gente
viniera, al lado del agua, no solo por el arte sino porque le gusta este lugar
y quiere disfrutarlo.
Esa es la historia: un espacio para las personas, que
atraiga, pero que sea informal, y que evite todo triunfalismo.
[…]
XL.
¿Y cómo se enfrenta uno al debate ciudadano?
R.P. El debate es esencial.
Crecí en una atmósfera en la
que era crucial: por la mañana trabajaba en el despacho de un arquitecto y por
la noche iba a la universidad. Eran los años previos al 68.
El debate nunca es
negativo, y es especialmente interesante cuando es irritante, los debates deben
ser por definición irritantes; si no, resultan fingidos. Porque cuando estás en
un debate, estás obligado a tener más seguridad en lo que defiendes.
El cambio
parece una flaqueza, pero no se trata de cambiar, sino de hacer las cosas
mejores. Es el arte de escuchar y entender. Uno tiene que ser permeable, en la
misma medida en que debes ser estable. Ligero y fuerte al mismo tiempo.
Por eso
no debe preocuparte escuchar, porque tú sabes adónde quieres llegar. ....
XL
Usted proviene de una familia de constructores ¿cómo le influyó para
convertirse en un arquitecto?
R.P. La arquitectura es un oficio muy complejo.
Es arte
pero también es oficio, tiene una vertiente técnica y social. Construir es algo
mágico.
Lo fundamental es que construyes un techo para el ser humano. Y eso no
es solo un trabajo técnico, tiene que ver con los deseos, con la poesía. Por
eso es tan complicado.
Pero el haber nacido en una familia de constructores
resulta un muy buen comienzo, porque empiezas desde el lado correcto, el del
artesano. Es mucho más difícil cuando comienzas como un artista.
XL. ¿Qué peso ha tenido esa relación con los
materiales y la tecnología en su concepto de la arquitectura?
R.P. Dar forma a la materia es un milagro.
Cuando eres un niño y ves a tu padre transformar la arena en un edificio, lo
miras como si fuera un dios. Por supuesto, cuando creces, intentas hacer
siempre algo diferente.
Empecé, por ejemplo, a desafiar las estructuras, porque
quería que fueran cada vez más ligeras. Y trabajé con nuevos materiales como el
acero, el plástico, para explorar.
Pero crecí con esa idea de que el material
es esencial para la inspiración de un arquitecto. Y es posible
reinventar los materiales; por ejemplo la madera: hoy en día, con la tecnología,
podemos hacer cosas espectaculares. O la cerámica, incluso la piedra, que se
puede utilizar de diferentes maneras.
XL. ¿Qué opina de la tendencia
actual de las ciudades de querer tener cada una su edificio de firma? ¿Es ese
el rol de un arquitecto hoy en día?
R.P. No, es un sinsentido.
Uno tiende a convertirse en prisionero de su
éxito. Es algo que se puede decir no solo de los arquitectos, sino también de
los escritores o de los periodistas.
Tienes éxito y empiezas a repetirte. Y lo
peor es que la gente quiere que te repitas. Entonces quedas atrapado por la
trampa del estilo.
El principal riesgo de todo trabajo artístico es que se
convierta en un ejercicio formal, en un ejercicio de estilo y que no preste
atención al contexto.
Me gusta utilizar la imagen de un iceberg: para ser un
humano decente, necesitas toda esa parte interna, invisible. De alguna manera,
cuando traicionas ese espíritu empiezas a perder profundidad; eso es tan
importante que es la integridad y la autenticidad.
Comienzas a ser víctima de
ti mismo. Y esto es el principio del fin.
El síndrome de los arquitectos
estrella es nefasto para la arquitectura y para la gente. Muchas veces uno
olvida que la libertad más difícil de preservar es la libertad frente a uno
mismo.
XL. Cree que esta época de
crisis ha cambiado la manera de hacer arquitectura?
R.P. Sí, desde luego.
Pero también por otra razón, y es que el ‘síndrome del
arquitecto estrella’ es estúpido, y las cosas estúpidas no duran.
La
arquitectura descansa en el largo plazo, es como los bosques, los ríos, ¡como
las ciudades! Las ciudades tienen que ver con el tiempo, no con la moda.
Hacer
formas no es difícil, cualquiera puede hacerlo; lo complejo es que esas formas
tengan sentido. Gracias a Dios, la arquitectura es una profesión seria.
Otra de
las razones es que la crisis ha supuesto una especie de moralización de la
arquitectura. Un arquitecto debe obligar a su cliente a pensar, debe decirle:
“Un momento ¿qué estamos haciendo aquí? ¿Por qué estamos gastando todo este
dinero?” Y esa es la razón de que la arquitectura se haya vuelto tan cuidadosa
con la sostenibilidad, con la energía.
Y creo que este es el mayor campo de
inspiración de este siglo: la fragilidad de la Tierra. Todo el mundo entiende
que la Tierra es frágil y, en parte, la arquitectura debe expresar esa
fragilidad. Y la crisis ha obligado a hacer ese análisis.
[...]
XL. ¿Qué es lo primero que un
joven arquitecto debería aprender?
R.P. Creo que la pasión y la libertad.
Los arquitectos tienen que dar
respuesta a los sueños, no solo a necesidades. No quedar atrapado en el
formalismo.
Y que aprendan a decir no. Por eso prefiero no hacer muchas cosas,
uno no puede enamorarse demasiadas veces.